viernes, noviembre 18, 2005

No tengáis miedo

El martes, me operaron la rodilla. Todo salió bien y, aunque lo pasé bastante mal al día siguiente, ahora no me quejo demasiado. Está claro que me esperan un par de meses muy duros y que la rehabilitación va a ser bastante dolorosa, pero valdrá la pena: Podré volver a correr, saltar, practicar deporte... Recuperaré, en parte, la vida que tenía antes de la lesión, y eso me hace sentir que merece la pena.

Sin embargo, y aunque no lo he pasado precisamente bien, estos días han tenido algo maravilloso: La gente. Las personas que quiero han estado ahí, se han preocupado por cómo me sentía y progresaba, no me han dejado sola ni un momento. Me he sentido muy arropada y he comprendido lo importante que es querer y sentirse querido, una vez más.

Hace un rato reflexionaba sobre la importancia de no callarse nunca un "te quiero", ni un "lo siento".

Vivimos en un mundo en que no es fácil expresar los sentimientos, porque no se nos educa para eso. Se pide de nosotros que seamos fuertes, que seamos duros, que no nos ablandemos, ni nos amedrentemos fácilmente. Se nos enfrenta a la frustración para que aprendamos a aceptarla y al dolor para que nos inmunicemos a él. Se nos mutilan los abrazos y se nos priva de los besos. Según crecemos, olvidamos las caricias y perdemos los "te quieros". Parece que decirle a alguien lo que sientes sse convierte en un tabú, sólo tolerable en la intimidad del lecho o en relación a los niños, y con cuidado.

Amar nos hace débiles, frágiles, nos pone a merced del otro y, aunque sea cierto, es mejor que no le dejemos saber el poder que realmente tiene sobre nosotros. Sin embargo, los cariños que no se expresan, no salen de nosotros, anidan en el corazón, fermentan y se pudren. Llega un momento en que son tan rancios que nos avergüenzan y nos asustan, somos incapaces de desincrustarlos del fondo del alma y ahí se quedan, ocupando espacio y enturbiando el aire.

"Te quiero" y "lo siento" son palabras poderosas, capaces de liberarnos de nuestra podredumbre. Apartan de nosotros los espíritus de la soledad y el miedo, acercan a nuestra vida a personas que están lejos, nos permiten abrir las ventanas del corazón, para que entre el aire fresco de la vida. Las risas vuelven a resonar dentro de nosotros, como cuando éramos niños, y las lágrimas vuelven a brotar y derramarse sobre el hombro que nos sustenta en los momentos difíciles. Ya no estamos solos y alcanzamos la plenitud de la felicidad. Porque, que nadie nos engañe, la felicidad está en el amor y en ningún sitio más. Cualquier otro sitio en que pongamos nuestras esperanzas será un triste placebo, que no calmará el hambre, ni saciará la sed de aquello que anhelamos.

Amemos, pues, y demostrémoslo. Perdamos el miedo, porque, aunque en ocasiones duela, merece la pena pagar el precio. Como siempre decía Juan Pablo II: No tengáis miedo.

Te quiero. Sí, te lo digo a ti. Lo siento si no había sido capaz de decírtelo antes. Gracias por estar ahí.


Dedicado a todos vosotros, especialmente a Mª José, que se mantiene a mi lado.

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